La destrucción. Primera parte. Madeline.
¿A qué le tienes miedo?
Son breves palabras que flotan frente a mí, entre clase de fragor indescriptible que emite frecuencia paradójica para el oído cualquiera; destruye tímpanos y desacomoda intestinos si bien mal le has de caer. Pero eso no es lo más desastroso que podría revelar, suele hacerle a toda clase de aspectos de cualquier mundo.
Parece sencillo imaginarlo como decirlo: Temo a cada uno de mis pensamientos, hechos carnes y vueltos miel. Estoy confuso en la inocencia de gato, como agredido por el mundo diario que a diario me ve y me quiere devorar. Temo seguir siendo el mismo, aún sabiendo que mucho cambié. Que la gente espere más de mí, de lo que alguna vez intuí, para mal o para bien, al intentar probar de mi carne.
Temo escuchar el canto del gallo, y en efecto, eso y nada más hacer. Saber que aún escucho por la mañana, significaría, sin duda alguna, que podré ver, levantarme, y tendría que comer. Temo empezar a abrir la boca, y no poder parar; que jamás se cierre, salvo hasta hacerme vomitar. Que vomite el desayuno, la comida, la cena, y el pensamiento desorganizado. Tantas barbaridades que a todo mundo ahuyente sin tener un tiempo quizá de decir: Lo siento. No fue mi intención.
O bueno, tal vez sí.
Es quizá la intención lo que te hace valer. Para todo esto tengo respuesta. Más aún, tengo pruebas, y emperando aquí, voy a atreverme a centrar todo en el abandono.
No hay mayor miedo que el abandono en un ser que ha sido arrastrado a las garras de un monstruo. Dejarlo, por sobre todo, a mercedes de la suerte, definitivamente es una bofetada a la cara. Partiendo del punto que inicialmente nos confirma: no somos individuos preparados para vivir esto, es natural ver surgir al resto de los temores antes dichos, en un solo evento desafortunado.
Una niña; creces pronto y te vuelves mujer. Luego de no alcanzar tus sueños, algo en el fondo del bosque estará allí esperando a hacerse florecer. Comer de lo que en lo más recóndito de ti mismo se ha podrido, y acaba por dar forma a un nutrimento; algo que comen otros; algo que no supiste digerir tú. Y no es lo mismo una niña perdida, a un hombre abandonado. ¿O será sí? Pero no es un hombre lo que veo; un principe en destierro; hombre mismo a la deriva. ¿A la deriva de dónde? ¿A la deriva de quién? Veo solo a un príncipe sentado, entre caprichos que trazaron el rumbo de un reino apenas conquistado. Malas decisiones; malas enseñanzas; malos tratos hay por ver. Un mal ejemplo que se reproduce entre la mierda humana.
¿Es lo único de lo que puedo hablar?
¿Qué hay de Madeline?
¿Qué hay de mí? La oscuridad abrazaba la soledad; la soledad perseguía fantasmas desolados, y en un intento de hacerlos revivir, un penoso evento se volvió lección para no volver nunca más a confiar en el hombre...
Madeline... No has comido tus vegetales...
No tengo hambre, mamá...
Madeline. ¿Qué pasó hoy en la escuela...
Tiene bajas calificaciones...
¡Y el autoestima!
Si. ¡Ahora usa un parche en el ojo! ¡Se ve muy estúpida!
No es tan malo, solé, solé. Solemnemente fuimos arrancados de un sitio, llevados a la fuerza a donde no había lugar. Y aunque algunos vinieron sin voluntad evidente, a la mayoría sólo les trajeron para sufrir a irremediable rastra. No era el gran invento de la historia. Pero en cuanto conoció los espejos, los padres de esta rara chica mandaron uno a colgar frente al lavabo del baño de arriba.
Un sitio donde siempre se desahogaba. O se quería ahogar...
¿Cuál era la razón...
Pensaba la chica. Eso no cambiaba nada respecto a lo que podía y no ver a veces, cuando no se tragaba las pastillas.
A veces...
Pronunciaba ella.
¿A veces no sientes que el cielo grita?
Preguntando a cualquiera de sus amigos inframundanos, asomados por cualquier pared.
¿Que el cielo qué?
Dase a sí misma respuesta.
Grita.
Siendo más clara, volvía a hablar:
Te mira absorto de tanto miedo. Igual que las personas cuando te vieran llegar. Las nubes, entre abiertas, partidas en su mayoría, mientras vaya cayendo la noche. Pareciera que están llenas de terror... Como si quisieran... gritar.