Punta y corte lll
Para un amanecer sin sentido, puedes decir que hay ocasiones en que la vida es tan fría, que no pareciera existir diferencia alguna entre la luna y el sol. El tamaño, sin embargo, es todo lo que varía entre sus participaciones. Por aquí, en sitios de carne y hueso gélidos, el miedo está a cada rincón de casa, esperando a sorprendernos con facilidad intangible, y tentando a cada uno de los más ahudaces a ser llamados por un: más allá, llegando tan lejos como se los prometa cualquier aspecto imaginario.
No deberias estar conmigo.
¿Por qué?
Porque soy una mierda, la basura de este sitio. En todo este cuerpo vacío, que tú usas para surcar el mar, yo soy lo único que no debería estar abordo.
Ha desaparecido toda mueca sospechosa en Miguel, de si acaso ella lo sentía en verdad, o no. Daba igual todavía. La pregunta: “¿De qué estaban huyendo?” Se mantenía abierta.
Eres el desespero de mi cabeza...
Tan mal está tu cabecita? (Acariciando de él)
Es porque se siente presa de tu aroma....
Aroma a mierda. ¿Te gusta la mierda, Miguel? De porte fino y de gustos tan asquerosos...
Creo que soy un asqueroso...
Te estás rebajando a mis expectativas. Quieres sentir algo por mí ahora.
Te está doliendo la cabeza. Pero, también te está doliendo el corazón.
Eran sus conversaciones una danza. Uno decía y el otro respondía, cualesquiera pensamientos que formaran una conversación suficiente. Suficiente para ellos, y para nadie más.
No sabes lo que quieres. Déjame aquí ahora.
No sabes lo que dices, deja de maltratarte, por favor.
Por favor y gracias son iniciativas de un acto verdadero y tibio.
Odias a la gente como yo.
Amas a los que se parecen a mí.
Deja de maltratarte,por favor.
El mar se ahogaba en aguas de violencia y descontento. Maquiavelo vigilaba y controlaba el barco, que a punta y corte rompía con las olas. Era de costumbre para él ser el tercer miembro que sobraba, pero encajaba perfectamente porque a ningún lado deseaba pertenecer; no a ninguno donde ellos dos no estuvieran.
No fue tu culpa…
Basta, Miguel.
Lo que pasó allá atrás… que no te destruya...
He dicho: Basta.
Basta, Miguel. Lo dices a diario. ¿Cuándo te lo dirás a ti misma: Basta muchachita. Y te mirarás al espejo?
Me estoy cansando de decirlo...
Basta ya. (La arremeda)
¡Basta, basta, basta! ¡Dije: basta!
Basta, basta. (Lo sigue haciendo, imitando su voz de una manera que solo él conoce)
Deja de burlarte. (Entre llanto flojo) Te voy a golpear...
Deja de burlarte. Te voy a…
Alaska golpeó la cara de ese chico. Siendo insuficiente, lo halló más desprevenido y no quiso desaprovechar. Lo pateó de inmediato y se le fue encima. Un mar de llanto los devoraba. Alaska perdía la cabeza y Miguel no hacía nada. Tenía la teoría de que entre más heridas dejaba ella en su cara, mejor se sentiría después. Que, luego de verlo sangrar, se arrepentiría, y entonces se daría cuenta de que el dolor está en todas partes, en todos los cuerpos, en todo lo que hacemos. Esta vez, para variar, no sucedió…
Había vuelto a pasar. Alaska perdió un hermano y esta vez no lo pudo recuperar. Su padre lo golpeó tan fuerte que él ya no despertó. Azotó la cabeza de Miguel contra el suelo, justo como papá hizo con la de su hermano. Alaska escapaba de un báratro que tenía riesgos de repetir. Su amigo, en cambio, solía soportar todo lo que ella le hicera cuando estaba enojada. Entonces... todo se veía así...